Intolerancia a Madrid

Hoy he llegado a la 1.00 de la noche a casa. Todo un sacrilegio siendo sábado noche y viviendo en una ciudad como Madrid. Al pecado hay que añadirle que estamos a 30 grados y no hay mejor lugar para estar un poco fresco, al margen del los locales con aire acondicionado, que bebiendo una cerveza helada en una plaza hablando de trivialidades con tus amigos.

Sin embargo nos levantamos de la Plaza de San Ildefonso y nos movimos intentado cambiar de ambiente y buscar otro lugar dónde estar más cómodos. Pero algo pasó: es como si los lugares de siempre fuesen aburridísimos y los nuevos estuviesen ya muy vistos nada más pasar una hora en ellos.  Ya en casa el calor me obligó a darme una ducha fría y, mientras el agua caía sobre mi cara y mi cuerpo, no pude evitar pensar si quizás Madrid se me empezaba a atojar como una ciudad aburrida.

Volví a Madrid hace seis años tras haber pasado mi adolescencia en un municipio de Toledo. Yo me crié en la capital y la idea de volver a ella no solo contenía unas increíbles ganas de novedad e independencia, sino además un sentimiento de añoranza. Madrid es una ciudad estupenda, pero llega un momento en que los momentos que pasas aquí se convierten en una historias en la que ya intuyes cómo va a ser el final.

Si bien es verdad que siempre hay algo nuevo que ver, ese algo termina siendo repetido una y otra vez hasta que pierde el sentido y hay que buscar de nuevo algo fresco. La ciudad ha dejado de inspirarme, ya no es la misma, se está convirtiendo en aquel capítulo de los Simpsons que has visto cien veces y pones de fondo mientras se cuecen los tallarines. Hay personas que pueden estar toda la vida en un solo sitio y sin embargo otras que nos hartamos al tiempo y no imaginamos una residencia estable dónde envejecer. La perspectiva del lugar dónde vivimos varía de persona a persona, sin embargo la mayor diferencia es la fecha de caducidad de la tolerancia hacia ese lugar. ¿Acaso estoy desarrollando intolerancia hacia Madrid?

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